Los hombros y Quim Monzó

Ayer, caminando por las calles de Barcelona, me volvió a ocurrir. No sé cuál de las dos calculó mal la distancia, pero con la chica que venía en sentido contrario nos golpeamos, hombro contra hombro, los dos hombros izquierdos. Fue bastante doloroso.
Seguro que estarás pensando, vale, a mí también me pasó varias veces, pero… ¿qué relación tiene eso con Quim Monzó? ¿Acaso te topaste con él?
Lo que pasa es que cada vez que me ocurre, que me choco contra el hombro de alguien en la calle, pienso en Quim Monzó. No sé si algún día leerá estas líneas (lo dudo, pero nunca se sabe…) y si le alegrará saber que alguien piensa en él casi exclusivamente en estas circunstancias, pero en fin… Pienso en él porque, hace unos años, leí en el suplemento dominical de La Vanguardia un artículo suyo dedicado a este tema. Por desgracia, derogué mi costumbre de arrancar salvajemente los textos que me parecen interesantes (preciso: arranco solamente las páginas de las revistas que compro, eh, que no se vaya a asustar mi dentista…). Así que no conservé este artículo. Recuerdo vagamente que explicaba con detalle y mucha ironía estos encontronazos “hombreros” y, esto sí, que me había divertido mucho leyendo su texto.
Lo que sí recuerdo muy bien es que Monzó se preguntaba cómo se lo montaba la otra persona, la que venía de frente, porque casi siempre le tocaba a él esquivarla girando el hombro hacia delante, mientras el otro (o la otra) seguía su camino tan tranquilo. No sé si les pasará a los otros transeúntes de Barcelona pero, por regla general, también me toca a mí cuidarme y desplazar ligeramente mi hombro hacia delante (en algunos casos más “violentos”, hasta tengo que desplazar todo mi busto, cuando no el cuerpo, hacia la derecha o la izquierda) para evitar el golpe. Muy pocas veces conseguimos evitarnos, y en estos casos intercambiamos una mirada cómplice y un esbozo de sonrisa con la otra persona. Pero todas las otras veces, después del impacto, me giro, me froto el hombro y miro si el otro da señales de haber notado algo y…nada.
Al principio de vivir aquí, llegué a preguntarme si los barceloneses llevaban todavía estas horribles hombreras de espuma, tan de moda en los años 80, para protegerse o si varios tenían una prótesis o algo por el estilo para no sentir nada. Porque, ¡ostras!, me dolía bastante, y me giraba y el otro seguía caminando sin mirar atrás… ¿De qué estarán hechos? ¿Son humanos? La semana pasada hasta me cabreé, porque lo vi llegar, intenté desviar mi hombro, pero no calculé bien y, por sólo unos milímetros, ¡¡rrrrras!! Y el que venía de frente (bueno, de detrás luego), como si nada, y ni se disculpó. ¡Qué falta de respeto! pensé. Esta misma falta que noto a veces cuando la gente me pisa o me da un codazo en el metro. La misma cara imperturbable e impenetrable. Incluso llegué, en un vano intento de entender cómo funcionan, a observar detenidamente la cara de la persona que me había dado el codazo o pisado un pie. Nada… Ninguna expresión… Incluso con mi mirada insistente, nada…
¿Será cultural? Desde que vivo aquí, me doy cuenta de que en Francia, estamos educados a no molestar al prójimo. En ocasiones, esta educación se pasa de la raya. Por ejemplo, recuerdo un viaje en tren. Una pareja con un bebé en los asientos de delante. El bebé se despierta y llora, y la pareja empieza una cascada de Chsssss para que se calle, no sea que moleste a los otros pasajeros… Y en París, donde, según algunos barceloneses, la gente es borde y poco amable, uno apenas te roza el codo y se deshace en excusas. ¡Te lo juro! Puedes creerme, no soy de París…

¿Pasará lo mismo en otras ciudades de este territorio ibérico? ¿O será algo típicamente Made in Barcelona?
¡Ya sé! ¡Creo que tengo la explicación! Me acaba de confirmar un amigo físico que, si dos cuerpos en movimiento chocan, él que más nota el impacto es el que avanza más lento o está parado. Alguna ley cinemática, por lo visto. ¡Ahora lo entiendo todo! No voy al ritmo de los otros, de los que se apresuran en las aceras y van hacia su objetivo sin mirar lo que sucede a su alrededor. De los que no tienen tiempo, ni siquiera el de ralentizar unos segundos para darse la vuelta y mirar en qué estado está la persona con la que acaban de tener un encontronazo. Y claro, como suelo ser la que camina más lento, o menos rápido, según cómo se vea, pues me llevo la mayor parte de la onda vibratoria y del impacto. ¡Es físico!
Desde hace un par de años ya no vivo en el centro. Me exilié a otro barrio, más tranquilo, con menos transeúntes y aceras más anchas donde puedo desplegar mis hombros sin temor. Y las pocas veces que voy al centro, consigo en general evitar el peligro y no toparme tanto con otros hombros (excepto la semana pasada y ayer mismo…). ¿Será que estoy totalmente integrada?